En busca del Tesoro de Piedra Cruz en Cajabamba

Foto referencial
Corría el año 1822 y Cajabamba, población que contaba con muchos españoles, empezó a sentir el malestar de las guerras y revoluciones que se aproximaban presagiando la independencia del yugo español.

Bolívar todavía no había pasado por estas tierras, pero muchos indios y esclavos se escapaban y otros se revelaban contra sus amos y señores. Hacendados, mineros y negociantes vivían en completa zozobra por la situación de guerra que veían aproximarse con la amenaza de perder sus propiedades y negocios.
Don Sebastián Alarcón (nombre ficticio) era uno de los españoles que vivía con mucha tranquilidad.

Había venido al Perú desde muy joven y había hecho una inmensa fortuna explotando una mina de oro que posiblemente quede en un lugar llamado Opagoto (nor- este de Cajabamba). Su fortuna estaba hecha, pero para mala suerte de este caballero, la revolución de la independencia había estallado. Los indios que trabajaban con él habían escapado y, don Sebastián temía por su vida y su fortuna; así que antes de que llegue el rebelde de Bolívar y se beneficie con su enorme tesoro, llevó sus codiciados lingotes de oro a un lugar que en aquella época se llamaba “Piedra Cruz”, por haber en este cerro una enorme piedra en la cual aparecía una especie de cruz natural por las caprichosas formaciones de la naturaleza; luego de enterrar su preciado tesoro, levantó un croquis del lugar, pensando regresar a sacarlo tan pronto las guerrillas terminen.

Don Sebastián Alarcón no regresó jamás de su patria como había pensado. Mas dejó encomendado a sus hijos y nietos que hicieran lo posible por volver al Perú y recuperar el tesoro, pero éstos tampoco pudieron regresar.

Después de 150 años aproximadamente, uno de los descendientes de don Sebastián llegó por esta provincia con la esperanza de tal vez encontrar el lugar donde su bisabuelo enterró el fabuloso tesoro.

Doña María Jesús Hurtado, enfermera de profesión y bisnieta de don Sebastián, vino a trabajar como directora del pobre y viejo hospital del pueblo, y conocedora de la historia de su bisabuelo, no se cansaba a toda cuanta persona del campo creía que le pudiera dar información de donde quedaba Piedra Cruz; pero aquel nombre ya había sido olvidado y nadie le dio razón del lugar, hasta que se fue desilusionada de su infructuosa búsqueda.

El autor después de algunas caminatas e indagaciones, llego al lugar una ladera de enormes piedras y caprichosas formas. Pero, ¿qué hacer sin el croquis ni el equipo adecuado?

Recuperado de Crónicas y Leyendas de Cajabamba, de Carlos Quevedo.