"Una vida en Protesta", cuento de Jhonatan Chávez

Taylor De la cruz | 5:44 a.m. |

Escrito por: 
Jhonatan Ricardo Chávez Boy

El bullicio no cesaba.

Desde una habitación del hospital, escuchaba la manifestación de la multitud que protestaba contra la minería, la contaminación, la prostitución, entre otras cosas. Me asomé a la ventana: hombres y mujeres de todas partes habían venido a la ciudad a reclamar y con justo derecho. Ya no se podía soportar más.

Desde que la mina llegó a este pueblo, las tierras ya no producían igual que antes, las cosechas eran menores; las enfermedades respiratorias se dejaban notar cada vez más en los hospitales. Mujeres vendiendo sus cuerpos esperaban en las noches a hombres solitarios, dispuestos a tener un rato de placer o a borrachines que salían de las cantinas en busca de sexo. La delincuencia había aumentado. Cada baile, fiesta o serenata, casi siempre terminaba en balacera. Ya no era el pueblo tranquilo de antes, donde los mozuelos enamorados daban serenata a las pretenciosas mujeres para luego regresar a sus casas despreocupados de todo, salvo del amor de la bella muchacha. Eran otros tiempos…

    -¿Qué sucede? – preguntó mi hermano, súbitamente.

    - La gente está protestando contra la minería, contesté.

    - Ah – me respondió, y se volvió a quedar dormido.

Recuerdo ese día que estábamos en casa, en el día de su cumpleaños. Víctor se notaba en buen estado de salud, que hasta bailó con mi prima Carolina; ambos zapatearon con huaynos y carnavales y es más, nos tomamos algunas cervezas. Mi madre se sentía feliz al lado de sus dos hijos. Víctor y yo la hicimos bailar hasta más no poder, se divirtió mucho, mi padre estaba de viaje en la costa, cumpliendo con su trabajo.

A la mañana siguiente cuando ya todos estábamos de pie, Víctor me llamó, me dijo que se sentía mal, le dolía el costado del estómago. Le dije que habría que ir al hospital, que puede ser algo grave. Me dijo que no, que debe ser el malestar de la noche anterior, pero se notaba pálido y hacía gestos de dolor, el resto del día estuvo en cama.

En la noche me dijo que el dolor seguía creciendo, pero no quería ir al médico.

Empeoró rápidamente; lo llevamos al hospital, casi no podía caminar. No había nadie, sólo un doctor para emergencia, le consultamos y dijo que no podía atenderlo, que a él sólo le competían pacientes con mayor gravedad y nos cerró la puerta. Esto no me pareció bien y reclamé ante la dirección. El director le llamó la atención y por fin nos atendió, le aplastó la espalda preguntándole si le dolía, mi hermano dijo que sí. El doctor dijo que era un problema de riñones y que debía guardar reposo, le dio unas cuantas pastillas.

Regresamos a la casa, tomó las pastillas y se quedó dormido, en la madrugada me despertó diciendo que había botado sangre; lo llevamos de emergencia al hospital, el médico de turno era el director…

    -Ernesto, puedes traerme un poco de agua. Tengo sed – me dijo, interrumpiendo mis recuerdos.

    -Claro que sí, hermano – le contesté, y vacié en un vaso el agua del termo.

Ahí mismo lo habían internado, tenía peritonitis. El médico me lo había dicho hacía un momento: “Tienen que evacuarlo al Hospital Regional lo más pronto posible, mientras más se demore, su vida correrá más riesgo” me había dicho.

Vivíamos en provincia, el Hospital Regional estaba a cuatro horas de ahí en ómnibus. No había más remedio que acudir en la ambulancia del propio hospital, eso estábamos esperando, que llegue el médico para que lo atienda en el camino.

Entró mi madre.

    -Dicen que el doctor está demorando por eso de la protesta, los carros no pueden avanzar.

    -Nos queda esperar, igual, tampoco hay salida de ómnibus, la gente ha bloqueado todas las calles – le respondí fingiendo tranquilidad, pues no se puede estar tranquilo sabiendo que corre riesgo la vida de un hermano, pero había que mantener la calma.

Mi madre le cogió la mano, le preguntó cómo se sentía, mi hermano le respondió que un poco tranquilo.

Entró la enfermera.

    -El doctor acaba de llegar, uno de ustedes tiene que ir acompañando al paciente en la ambulancia – dijo, mientras lo levantaba cuidadosamente de la cama.

    -Iré yo, madre – me adelanté a decir.

Cuando estábamos afuera, subiendo a mi hermano al vehículo, un amigo mío llegó para ayudarnos. Mi madre nos dio su bendición, y nos dijo que ella estaría con nosotros mañana a más tardar, compraría hoy su pasaje y avisaría a mi padre. Ambos se lo agradecimos.

La ambulancia echó a andar, correría dos kilómetros a velocidad. Mientras más se alejaba de la ciudad, había más cantidad de gente, la carretera estaba bloqueada; los manifestantes protestaban, quemaban llantas. Unas piedras enormes nos impedían el paso. La ambulancia hizo sonar la sirena para anunciar la emergencia; los protestantes tiraban piedras, nos gritaban que éramos servidores del gobierno, que el hospital no servía para nada y que nunca atendían como debería de ser. Ya no se pudo avanzar más, el carro se estacionó.

Mi hermano empezó a gemir, lo veía desgarrarse de dolor, sus lágrimas contagiosas me decían que baje de la ambulancia para hablar con alguno de los manifestantes: Así lo hice.

Traté de decirles lo que sucedía, les expliqué que si no nos dejaban pasar, mi hermano moriría. Me respondieron que si de muertos se trataba, más muertos iban a haber si es que el gobierno no los escuchaba y me dijeron que los acompañe a luchar junto a ellos, que ellos no iban a dar ni un paso atrás, que lo que pedían era algo justo, por el bien de todos… Tenían razón, sé que la tenían. Dejé de oírlos, en ese momento sólo pensaba en mi hermano; quería sacar a Víctor y llevarlo en mis brazos hasta su destino, corrí a la ambulancia; entré, lo vi tendido. Me acerqué. Su mirada estaba fija, vacía, inerte. Le cogí la mano. Ya estaba un poco fría. Lloré.

Cajamarca, julio de 2011

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