La llegada del primer automóvil a Cajabamba

Foto: Revista DesdeAndentro

Texto: José Antonio Touzett

Este nuestro siglo XX, en el que nos ha tocado la suerte de vivir, ha marcado la época de un progreso continuado y creciente; se ha inventado muchas cosas, se han realizado hazañas increíbles, se han perfeccionado todos los descubrimientos y todos los inventos de épocas pretéritas, se ha sucedido la guerra más cruenta y más espantosa de la historia de nuestro planeta, se ha incursionado en el Universo en busca de habitantes en los planetas descubiertos y muchas sondas interplanetaria siguen husmeando en busca de nuevos planetas e invisibles galaxias, en fin, se nos quiere hacer pensar que la imaginación, la inventiva, la inteligencia y la técnica del hombre, no tiene límites.

Uno de estos inventos que revolucionó la tierra en el siglo XIX fue el AUTOMOVIL (del griego autos, uno mismo y móvil) adj.: Que se mueve por sí mismo.

Dejando apárte la serie de artefactos más o menos ingeniosos, ideados y exhibidos en Alemania en el año de 1447 y los presentados casi dos siglos después de varios inventores ingleses y alemanes, la historia del automóvil presenta dos frases bien definidas : el uso del vapor y la utilización de los derivados del pretroleo.

Newton en 1680 y Papin en 1689 son los iniciadores de la utilización del vapor.
Luego se suceden una serie de inventos: el coche automático de Vaucanson en 1748; la locomotora de carretera de Cugnot en 1759, el carruaje sobre carriles de Trevithick y Dubochet en 1830, etc.

Pero son los motores a gasolina de Daimier y Lenoir los que inician la era del automóvil moderno; aunque Selden en 1879 obtiene la patente para su máquina de carreras.”
Benz en 1885 y Serpollet en 1888, fabrican los primeros automóviles q circulan por carretera accionados por gasolina. Uno de estos adminículos; posiblemente fabricados a principios del siglo XX, cuando aun no existía carretera .

Debí haber estado muy pequeño; el recuerdo de este acontecimiento se me presenta nebuloso, pero la novedad debió haber hecho tal impacto que se me ha grabado en la mente, aunque no muy claramente.

Era un anochecer, hacía frío, en la casa se estaban prendiendo los candiles a querosene e, igualmente , en las esquinas se estaban colgando los faroles con sus lámparas con el mismo subproducto del petróleo . Mi tío Julio Arroyo, peluquero de la alta sociedad, conversador impenitente, aficionado vehemente a las peleas de gallos y que, en sus últimos tiempos ,resultó ser un curandero de polendas, llegó a mi casa agitado, jadeante, impresionado y emocionado, portando una linterna y nos dio la noticia más importante en veinte años: ¡Había llegado un carro a la ciudad de Cajabamba! Este acontecimiento extraordinario había que verlo, palparlo, era como cosa de milagro poder observar un carro que había llegado, sabe Dios como, a un lugar donde todavía no existía carretera.

Al salir a la calle para dirigirnos al lugar acontecimiento, la gente se encaminaba en romería; el vaivén de las linternas semejaba a una explosión de luciérnagas que volaban en una sola dirección; la noticia se había extendido en todas direcciones como un polvorín y todo el mundo estaba en el movimiento.

Cuando llegamos al suceso había gran cantidad de gente que había acudido presurosa a observar algo nunca visto.

El automóvil había pasado sobre un puente precario construido sobre el río Tacshana y descansaba su férrea armadura en la calle que daba acceso a la ciudad; lo inclinado de la calle prestaba al monstruo de hierro una posición inclinada hacia un lado, muy incómoda.

Supongo que el conductor del carro, llamado por los entendidos con el pomposo título de “chaufeur”, tocaba el claxon (ya los carros tenían claxon en esa época )y la gente se sobresaltaba atomerizada. Cada uno de los circunstantes tejían sus comentarios a su modo y no eran pocos los que inculpaban al “shapingo” de la aparición de tal aparato cuya voz erizaba los cabellos.
¿Quién había sido el osado varón que venciendo de mil dificultades había llegado hasta el pueblo con tal aparato diabólico?

Entre admiración y temor, respeto y recelo, se decía que era un señor apellidado Cruzado.
Visto, palpado, olfateado, comentado y, por poco, exorcisado el objeto de la novedad, del sobresalto y la romería, se empezaron a relevar espectadores, con la misma ansiedad, temor y zozobra que los primeros.
Luego se difundió la noticia de que el automóvil con su conductor se dirigiría el siguiente día a la Municipalidad, donde las autoridades de la provincia los recibirían con todos los honores.
No era para menos que al autor de esta hazaña y de este esfuerzo espectacular, se lo declarara huésped ilustre de la ciudad.

Al siguiente día , desde muy temprano , la vera de las calles, los tapiales, las pircas, los balcones estaban llenos de espectadores ansiosos de observar como este fenómeno de la técnica podría, por sus propios medios, hacer la travesía desde Tacshana hasta la municipalidad situada en la plaza de Armas de Cajabamba.

Girnaldas de flores, banderas y cadenas de papel , tapices en los balcones, servían de marco para acoger este acontecimiento del siglo.

Toda la gente reunida a lo largo de la rúa , esperaba con ansiedad el paso de esta maquina infernal, portadora sabe dios de que fatales consecuencias ya que se decía que atropellaba y mataba a la gente, sin embargo, la mayoría debió pensar, sin duda , que Cajabamba había dado el vuelco, tremendo, desde el lomo del burro o del caballo hasta el muelle asiento de este aparato que rodaba por sus propios medios a velocidades increíbles.

Para unos, pues, Cajabamba estaba a punto de ser hollada, mansillada, desflorada por algo imposible de creer.

Para otros, era un signo de adelanto fantástico y Cajabamba se honraba por ser uno de los primeros pueblos que recibía la visita del progreso en la presencia de un automóvil.
Como a las diez de la mañana, después de larga y tensa espera, asomaba raudo con banderitas peruanas este fenómeno inconcebible.

Los que estábamos más altos que la pista teníamos que inclinarnos para verlo pasar. En cuanto a mi lo que mantiene claro e inamovible este recuerdo es que cuando me incliné para verlo pasar, una larga espina de “caruacasha” se me plantó en el antebrazo y vaya si fue dificultoso sacarla.
Los aplausos y la algarabía de la gente morigeraron el dolor, el bronco ronquido del motor halando su armozón de hierro pasó, no sé por qué milagro, el puente tendido sobre la quebrada de lsmayaku y se perdió de vista.

Lo que pasó en el resto de la ruta, en la plaza de Armas y en la municipalidad, no lo puedo narrar porque no estuve en el campo de los hechos. Los comentarios señalaban que se pronunciaron discursos, que al Sr. Cruzado lo declararon huésped ilustre e hijo predilecto de Cajabamba, entregándosele la llave de la ciudad como reconocimiento al esfuerzo sobrehumano de haber llegado a Cajabamba con su automóvil, cuando no había, ni siquiera, el trazo para la carretera.
Hay que hacer trabajar un poquito la imaginación y hacer conjeturas sobre la forma en que pudo cubrir la distancia de Trujillo a Cajabamba por lo difíciles, escarpados y abruptos caminos de herradura.

Bien, este aparato casi mágico para la época, fruto del adelanto de la ciencia y de la técnica; llegado a Cajabamba en forma tan romántica e increíble, fue adquirido por el tío Carlos lparraguirre. Huelga decir que salir a pasear en automóvil por las calles empedradas de Cajabamba significaba una aventura extraordinaria.

Cuando no se chocaba contra las esquinas, las llantas se introducían en las acequias que corrían por cada una de las calles y había que gastar muchas energías para reflortalo. Otro de los inconvenientes era usar de la manivela para que arrancara el encendido directo el motor ya que todavía no se había inventado el encendido directo.

Como el mundo es tan pequeño, cuando hacía mi internado encontré al Sr. Cruzado hospitalizado en la sala San Andrés del Hospital Dos de Mayo.

El trabajo recargado de los últimos años de estudios me impidió departir con él y averiguarle los motivos y las peripecias de su viaje a mi tierra en condiciones tan precarias.

El carro reparado, refaccionado, limpiecito y lustroso, siempre lucía en el zaguán de la familia Iparraguirre-Caballero al que, pintorescamente, pero conforme a la realidad de entonces ,se le había hecho pintar un letrero en la parte posterior :¡CUIDADO¡.TREINTA KILOMETROS POR HORA.