De Cajabamba y su destrucción

Taylor De la cruz | 7:30 p.m. |

Siempre he agradecido haber vivido en Cajabamba los años en que un hombre crea sus memorias más empecinadas, adopta sus tradiciones más enraizadas y vive sus amores más ilusionados. Aunque nací y crecí mi infancia entre la desolada multitud de Lima, me he ganado el derecho de ser cajabambino en esa tierra y lejos de ella. Y con ese derecho, he obtenido también la obligación de velar porque Cajabamba siga siendo lo que fue en esencia; me temo que lo que viene sucediendo desde hace algunos años está borrando de a pocos la esencia de las calles que recorría en mi juventud bajo ese cielo estrellado que no conocemos en la costa de nuestro país. Más aún, el paisaje del valle y sus montañas alrededor ya no son lo que solían ser y me asusta que, en parte, todo ello vaya quedando sólo en mis recuerdos y los de mi generación por franca omisión de nuestra parte. Estamos dejando las riendas del caballo a quienes no lo ven como una noble montura sino como merienda personal.

Para quienes leyeron la palabra Cajabamba y voltearon a ver el mapa anexo para ubicarse, quizás les vino a la mente el Caserío de Redondo en el Distrito de Cachachi, famoso durante un par de días por los tres niños muertos por envenenamiento accidental y que fueron usados como arma en la diaria refriega politiquera de la gran capital. A otros que también voltearon por acto reflejo al mapa, la manchita roja en el departamento norteño de Cajamarca quizás no les dijo nada. Pero estoy seguro que muchos de los que están leyendo estas notas identificaron plenamente la comarca sureña del departamento donde el colibrí se llama quende, la libélula anuncia las visitas como chasquero y los diablos bailan orgullosos marinera para la Virgen.

Quisiera decir lo contrario, pero la vida en Redondo, Cachachi, Cajabamba sigue tan igual y tan pobre como siempre, tal como sigue transcurriendo en Algamarca y Shahuindo, también caserios del casi famoso distrito de Cachachi. Siguen esos caseríos infestados desde algunos años por el cáncer de la minería ilegal que envenena sus cordilleras y ríos en busca de las pingües ganancias que trae vender oro en este mundo que ya perdió la confianza en el dios dólar. Basta darle una mirada al cerro Algamarca en la cordillera occidental del valle del río Condebamba para percatarse del daño visible que esta fiebre del oro está causando en el medio ambiente de esta comarca sureña del norte del Perú, daño que la minería formal de la familia de Orbegoso no hizo en décadas de operación hasta su clausura en los años 80. La minería ilegal -que busca ser llamada engañosamente minería "informal" o, incluso, minería "artesanal" para tratar de confundirse con los reputados artesanos de San Blas en Cusco- no puede seguir teniendo carta blanca para contaminar las aguas de uno de los valles más ricos y más sumidos en la pobreza del Perú, ni para degenerar a la sociedad rural y urbana esclavizando niños y niñas para trabajo forzado y prostitución, ni para envilecer con dinero sangriento a las autoridades que podrían obstaculizar sus actividades proscritas por la ley.

Desgraciadamente para todos los peruanos, el cáncer que viene carcomiendo a Cajabamba no es exclusivo de esos parajes otrora verdes pues las actividades extractivas ilegales se extienden por todas las provincias a las que Lima sólo mira cuando puede utilizar las desgracias para censurar a alguna ministra o encumbrar a algún congresista. Se repiten ad infinitum casos similares en nuestros cerros y junglas sin que se hagan conocidos por el gran público de los consorcios nacionales de la información. Aún si fueran conocidos, sabiendo que la información lleva a la indignación, que es el primer peldaño que inicia la larga escalera de la eliminación de lo injusto e ilegal, hay hermanos un largo camino que recorrer considerando la careta de indiferencia que enmascara al miedo a rebelarse ante la injusticia que viene cubriendo las caras de la gran mayoría de peruanos estas últimas décadas.

No puedo dejar de anotar lo que cualquier mente con un dedo de frente puede colegir como correcto y necesario para librarse de lo que está destruyendo los cimientos de nuestras memorias, tradiciones y paisajes. No podemos dejar que ninguna persona que ostente autoridad, por votación o nombramiento, le ponga precio a su propia inacción ante la ilegalidad de grupos organizados alrededor de la violencia sin que ésta nos golpee tarde o temprano; no podemos dejar que aquella persona con autoridad ponga precio a su dormida conciencia y reciba dinero manchado con sangre de anónimos peones que encontraron una mala muerte y un peor entierro en los cerros regados de mercurio y cianuro; no podemos dejar seguir ejerciendo cargo público alguno a nadie que renuncie a ejercer a la autoridad que le fue conferida como lo viene haciendo la actual presidencia regional de Cajamarca y su dirección regional de energía y minas al emitir resoluciones ordenando el cese de actividades mineras ilegales, como si éstas no estuvieran ya prescritas por el cuerpo legal de la nación, o como lo vienen haciendo los representantes del poder judicial en Cajabamba al frustrar sistemáticamente el desalojo de los invasores ilegales. No podemos dejar que, ante la inacción de las autoridades que tienen la solución en sus manos, la policía incaute insumos prohibidos y metales extraídos ilegalmente y que, gracias a los malos elementos de siempre, regrese lo incautado al mercado oscuro del oro mal habido.

Aún sin poseer frente alguna es fácil darse cuenta que los tiempos nos exigen alzar nuestra voz y acallar a aquellas voces con intereses personales que vienen pidiendo diálogo con los mineros ilegales, lo que no traerá más que la misma patente destrucción eternizada. Es más que obvio que, nos guste o no, la minería seguirá presente en nuestras regiones porque esa actividad es la principal fuente de ingresos para el país, por lo que lo racional es apoyar la actividad minera formal que ya cuenta con tecnología y procedimientos que mitiguen en lo posible el daño ambiental, como lo exigen las leyes internacionales que debemos adoptar en su totalidad. Sólo a empresas mineras formales que cuenten con larga experiencia en el campo podemos exigirles derechos inherentes a la vida de los pueblos y son las que nos darán los ingresos que garanticen que nuestras angostas calles franqueadas por tejas sigan recibiendo lluvias de agua pura, que nuestros paisajes más allá del valle sigan mostrando el verde azulado que alberga el sustento que necesitamos para perdurar en el tiempo.

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